OPINIÓN

Ciencia Política, movilizaciones e incidencia pública

Gonzalo Álvarez Fuentes

Académico USACH-UDP

Consejero ACCP

 

No es necesario ponerlos al día del acontecer nacional y de las movilizaciones sociales que han afectado al país en los últimos meses. Solo basta mencionar dos grandes conflictos: educación e hidroaysén, para darse cuenta que entre los elementos comunes de estos casos, que se han posicionado en la agenda pública, se encuentra un amplio apoyo de la población a estas demandas y una inédita movilización de recursos.

 

Las explicaciones respecto de las causas, impactos y (no) respuesta gubernamental a estas problemáticas abundan diariamente en los medios de comunicación, partidos políticos, seminarios, ong’s, equipos de analistas de La Moneda, círculos académicos, aulas universitarias y centros de investigación. Sin embargo, el gran problema que se suscita es la incapacidad –por la variable independiente que fuere- de generar una “gran respuesta” para la canalización y final solución de los conflictos en cuestión.

 

Desde la Ciencia Política se ha intentado dar respuesta o explicar este trascendental fenómeno sociopolítico. Supongo que todos mis colegas, docentes, profesionales y estudiantes de la disciplina, lo han conversado en algún lugar, socializando sus ideas y propuestas a través de distintos medios, principalmente vía columnas de opinión, programas de televisión o mediante redes sociales. Los politólogos han dicho presente.

 

Sin embargo, la incidencia en lo público es difícil de medir y carece de un impacto concreto en cuanto a resultados políticos, salvo en contados casos. Por ende, ¿cuál es el rol del cientista político frente a los hechos políticos trascendentales? Me atrevo a sostener que existen tres opciones o posiciones que asume el profesional de la disciplina.

 

La primera, académica, se centra en la reflexión y explicación del por qué ocurren determinados fenómenos, a través de la utilización de distintos métodos de investigación. Un buen y riguroso análisis de este tipo nos podría generar –con suerte, si tenemos la iluminación y recursos suficientes- una teoría explicativa de alcance medio. Si bien el conflicto ya pasó y nuestro aporte a su solución fue nulo, la teoría generada podría explicar o ayudar a fortalecer la explicación de fenómenos futuros de características similares.

 

La segunda posición, profesional-asesora, se refiere a aquel cientista político que participa de la administración pública o es invitado a participar como asesor o consultor en una mesa temática de trabajo sobre uno de los grandes problemas que enfrenta el gobierno. En nuestro caso, la experiencia de incidencia ha sido escasa. Primero, las cuotas de poder del cientista político no son altas, generalmente no es un político influyente, más bien es un asesor –en contados casos influyente- o un profesional más centrado en cuestiones técnicas. Segundo, cuando el politólogo connotado es invitado a participar en comisiones, está en desventaja ante economistas o ingenieros[1] y una serie de actores de renombre.

 

La tercera, intelectual-pública, se vincula a las dos anteriores y no es necesariamente una posición sino que es el resultado, por un lado, de una basta trayectoria académica-intelectual que ubica al politólogo en una posición de privilegio ante la opinión pública y el sistema político; por otro, corresponde a aquel profesional con menos trayectoria pero con una figuración pública importante que lo hace ser un referente de opinión y en alguna medida tener cierta influencia –no cuantificable- en el debate nacional, principalmente a través de los medios.

 

El problema de las pseudo tipologías ideales aquí  presentadas es que en ninguno de los casos observamos una fuerte ingerencia de la Ciencia Política en los temas públicos, ni  durante el proceso político mismo, ni en el aporte ex post que pudiera realizarse desde la academia. Sin embargo, sumándome a las demandas ciudadanas y al clima político imperante, sugiero algunos desafíos para la disciplina: 1) La opción académica puede convertirse en gravitante en la medida que se aumenten los recursos públicos asignados para nuestra área. 2) El aporte profesional de los cientistas políticos en el trabajo gubernamental o no gubernamental debe posicionarse gradualmente hasta convertir a la disciplina en un referente de experticia y calidad. 3) Los intelectuales y politólogos de figuración pública pueden contribuir a la mayor presencia de la disciplina entre el gobierno y la opinión pública, en la medida que sus aportes tengan un fuerte sustento académico, creativo y práctico.

 

Sin embargo, para lograr todo lo anterior es preciso avanzar como disciplina de manera más coordinada, menos individualista y de forma estratégica, a objeto de movilizar recursos y lograr un mayor posicionamiento. Sin duda necesitamos una ciencia política de calidad académica, pero que no descuide la incidencia en lo público. De lo contrario, seguiremos ausentes de los grandes debates y procesos políticos, sin un debido  reconocimiento, que a fin de cuentas perjudicará mayormente a la gran cantidad de jóvenes politólogos y futuros profesionales.


[1] “Estudios tienden a demostrar que en el campo de la incidencia de los debates públicos, son la economía y la ingeniería las disciplinas que convocan más incidencia, como lo demuestra el análisis de las comisiones de expertos del período 2005-2009, donde la participación de ellos en un universo de 195 participantes en 6 comisiones, sobrepasó el 60% de los convocados. Otro indicador de esta baja influencia se da, por ejemplo, al revisar la discusión sobre las reformas constitucionales del período 2000-2005, en la que solo 3 expertos vinculados a la disciplina participaron de los debates de un total de 70 personas”. Claudio Fuentes, Intelectuales y ciencia Política en Chile, Columna de Opinión Asociación Chilena de Ciencia Política. http://accp.cl/?p=187#more-187 (Consultado el 14/10/2011)

 

 

 

Envíanos tu columna de opinión. Bases para publicar: http://accp.cl/?page_id=388