Opinión
Intelectuales y Ciencia Política en Chile
Claudio Fuentes
Director ICSO-UDP
Se ha producido una transformación muy sustantiva respecto del rol que hoy cumple la ciencia política en el desarrollo político y social del país. Para nadie es un misterio que el desarrollo de las ciencias sociales se vincula con el contexto político y social en el que están inmersas. Tampoco es un misterio que hasta comienzos de la década de los 1990s, las ciencias sociales en general estuvieron al servicio de proyectos políticos específicos: el reformismo a comienzos de los 1960s, la revolución a fines de los 1960s, la justificación de la dictadura por parte de algunos intelectuales a comienzos de los 1970s, y la democratización durante la década de los 1980s. El intelectual difícilmente podía separarse del militante. El intelectual como actor, cumplía un propósito muy claro: dotar de ideas y contenidos a proyectos políticos conservadores o progresistas, reformadores o anti-reformadores.
Hoy las ciencias sociales dejaron de servir directamente a proyectos políticos específicos. Aunque, la ciencia política al producir conocimiento está normativamente sirviendo intereses, pues es evidente que no existe producción de conocimiento sin interés normativo.
La transformación
La vinculación entre desarrollo científico y contexto político nos retrotrae a la clásica discusión del rol de las ideas, de la intelectualidad en el contexto político. En general, existe consenso en destacar la posición de relativa autonomía del intelectual en relación al proceso político. Para Brunner (Cosecha 1982), el intelectual es relativamente autónomo. Lo entiende como unido “al denso entramado de relaciones de poder y estrategias en curso”. La producción de conocimiento, una vez comunicada, ingresa a redes de relaciones de poder coyunturalmente determinadas. En Europa y Estados Unidos desde muy temprano el espacio natural de desarrollo de la intelectualidad fue la Universidad. En América Latina, la evolución tortuosa de los procesos políticos—particularmente con regímenes militares que temían a la fuerza de las ideas—ciertamente limitó el espacio de la producción y reproducción del conocimiento. En las universidades se aglutinaron principalmente los ideólogos que sustentaron el proyecto de la Dictadura, en las ONGs, aquellos que reflexionaron e intentaron incidir en el proceso político.
La discusión sobre la autonomía del intelectual es crucial. En el contexto político en que surgió la ciencia política (de la década de los 1960s en adelante) se hacía prácticamente imposible la figura de un intelectual completamente autónomo. Dominó en este esquema, hasta por lo menos mediados de los 1990s, la noción de un intelectual comprometido con proyectos políticos. Angel Flisfisch (Cosecha 85) hablaría de la “inflación ideológica” de la política chilena, que era producto de la relación establecida entre intelectuales y partidos en una modalidad que define como “consejeros del príncipe”. El intelectual servía propósitos político-ideológicos. Se vinculaba con el poder en los partidos.
Sin embargo, existirían tres factores que explican la transformación que observamos hoy en la disciplina. Primero, el tránsito a la democracia sin duda afectó la relación intelectuales-política. Un gran caudal de intelectuales pasó a ocupar posiciones de poder dentro del aparato del Estado, generándose un virtual vaciamiento de los centros de pensamiento, donde se producían ideas. Las consecuencias fueron obvias. Por un lado, el Estado se convirtió en fuente de producción de conocimiento, limitada al diseño de políticas públicas, instrumental a decisiones de corto plazo, y confidencial en la mayoría de los casos. Por otro, el intelectual en funciones de Estado pasa a cumplir un relevante pero acotado papel. En algunos casos es “consejero del príncipe”, en otros es materializador de proyectos modernizadores, como lo sostiene Touraine.
La segunda gran transformación es la masificación del sistema universitario. Ello estimularía la creación de carreras y apertura de plazas docentes. El boom en ciencia política acaeció a comienzos de esta década. Se abrieron nuevas carreras, programas de magíster, y doctorados. La masificación de la Universidad, sin embargo, tiene un efecto perverso: en la mayor parte de los casos se trata de modelos institucionales centrados en la captura de estudiantes de pre-grado, por lo que la gran preocupación es la docencia. Más que productora de conocimiento, en este modelo la Universidad es reproductora de conocimientos. Si a ello agregamos que los recursos para promover la producción de conocimiento son escasos y altamente concentrados en las dos universidades tradicionales, las posibilidades para desarrollar modelos alternativos son bajas. El intelectual se convierte muchas veces en “profesor taxi”, reproductor de conocimiento en dos o tres universidades simultáneamente.
Finalmente, la tercera transformación ocurre también en nuestra década y tiene que ver con procesos de profesionalización de las Universidades. Ahora, los incentivos se colocan en la publicación en revistas indexadas, por lo que la academia tiende a ajustarse a criterios de formalidad. Predominan incentivos individuales por sobre colectivos, centrados en un diálogo de pares más que los asociados al mundo político-social; con criterios de evaluación que valoran el trabajo “científico”: marco teórico, validación de hipótesis, entrega de resultados.
Como consecuencia, de los tres procesos antes descritos, observamos una clara divergencia entre el intelectual y la política. El intelectual ahora sirve una agenda predominantemente individual, más distante de proyectos políticos. Los profesores comienzan a instalarse en las universidades. Engrosan la masa de profesores que aceitan la cadena de formación de nuevos cientistas políticos. Cuentan con pocos recursos para la investigación.
Tendencias
A partir de la compilación de información pública disponible sobre las distintas escuelas de ciencia política, contabilizamos a fines del año 2009 un total de 194 profesionales realizando cursos en 12 escuelas de pre-grado, 5 magister, y un doctorado. Del total de profesionales registrados, el 36% tienen un grado de doctorado, y el 15,4% un grado de doctorado en ciencia política o relaciones internacionales. Es decir, somos parte de una disciplina ecléctica, con fuerte dispersión de origen de profesión y lugar de obtención de doctorado.
Otras dos tendencias son claras: la mayoría de los programas se concentra en Santiago y el porcentaje de mujeres enseñando en la disciplina es notablemente bajo (24%).
Desde el punto de vista de la producción académica, realizamos el ejercicio de clasificar dicha producción en las dos revistas principales de Ciencia política en Chile (PUC y U. Chile) entre 1979 y 2009 (total: 611 artículos). Además, observamos los temas abordados en los 82 proyectos FONDECYT aprobados en la disciplina (1982-2004). La revisión nos muestra las siguientes tendencias:
- Un incremento sustantivo de la producción académica en revistas. Mientras en el período 79-89 se publicaron 152 artículos, en el periodo 2000-09 se publicó prácticamente el doble, 285 artículos.
- Existe un cambio significativo en las áreas de interés: menos publicaciones en los campos de teoría política y relaciones internacionales; mientras se produce un incremento sustantivo en Instituciones y procesos políticos, política comparada, y comportamiento electoral.
- Lo anterior es consistente con la orientación de proyectos FONDECYT, el 34% se orientó a instituciones y procesos; el 20% a relaciones internacionales, 14% teoría política y 12% de política pública.
- Cambio de patrón de publicaciones. Para el periodo 1979-89 el 63% de las publicaciones eran de profesores de la misma Universidad que edita la revista. En el período 2000-09 esa cifra se redujo a 21%. Se reduce significativamente la endogamia.
- Otro tema, preocupante a mi juicio, es la bajísima participación de mujeres en términos de publicaciones. En el período 79-89, el porcentaje de publicaciones de autoras fue de 6%, 9% en el período 90-99, y 16% para el período 2000-2009.
La evidencia nos muestra una disciplina más profesionalizada, que produce más, pero que no necesariamente incide más en el debate público. Otros estudios tienden a demostrar que en el campo de la incidencia de los debates públicos, son la economía y la ingeniería las disciplinas que convocan más incidencia, como lo demuestra el análisis de las comisiones de expertos del período 2005-2009, donde la participación de ellos en un universo de 195 participantes en 6 comisiones, sobrepasó el 60% de los convocados. Otro indicador de esta baja influencia se da, por ejemplo, al revisar la discusión sobre las reformas constitucionales del período 2000-2005, en la que solo 3 expertos vinculados a la disciplina participaron de los debates de un total de 70 personas. Siguen existiendo los “consejeros de príncipes y princesas”, pero creo que lo que vemos es una transición hacia una disciplina más encerrada en sí misma, con menor vínculo respecto de la cuestión pública. En este sentido, el actual desarrollo de la disciplina marca una notable diferencia con lo que observamos en décadas anteriores.
Desafíos inmediatos
Es imprescindible insistir en la necesidad de establecer Universidades que no sólo reproduzcan sino que también produzcan conocimiento. La única forma de hacerlo es mediante un esfuerzo colectivo para insistir frente a las autoridades del Estado respecto de la necesidad de proveer más fondos para el campo de las ciencias sociales.
Una segunda área tiene que ver con la excelencia académica dentro de nuestras carreras. Para ello, es necesario explicitar y fomentar mayor transparencia respecto de profesores de planta/profesores hora, producción académica, fondos dedicados a investigación en cada escuela, becas a estudiantes, etc. La ACCP podría hacer una importante contribución como articuladora de aquella información.
Tenemos que reflexionar en forma colectiva sobre la ciencia política como profesión. La inserción profesional de nuestros estudiantes es un asunto clave.
Finalmente, requerimos observarnos más a nosotros mismos y preguntarnos si estamos realizando las preguntas adecuadas en nuestro campo de estudios. Normativamente, creo que sería muy nefasta para la profesión una evolución como gran parte de la academia estadounidense evolucionó hasta que tuvo su propia Perestroika a fines de los 1990s. Sería nefasto que nuestras interrogantes se limitaran al problema de la forma y del método (¿cómo medimos? ¿Qué instrumentos usamos para medir?) más que respecto de temas sustantivos vinculados a la causalidad de los fenómenos políticos y sociales que enfrentamos hoy. Estamos lejos de aquello, pero siempre es bueno advertir aquel riesgo. Temo a los modelos que me explican en forma simple la realidad, temo al ostracismo disciplinario, y temo al intelectual que se autopercibe como un médico observando a un paciente. Mi modelo es la de un Intelectual comprometido con valores éticos, con el debate público, consciente de nuestras propias limitaciones, y no necesariamente militante. Una pulga en el oído.
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